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Susana María Cavallero
Monte - Argentina
Soy una mujer de 60 años, vividos al día de hoy 22 de mayo 2015. Me gusta escribir, leer, el café y el sol y el chocolate, el verde y el agua en mares, ríos, lagos y lagunas. Dibujo y pinto. Escribo historias, verdaderas? falsas? toda la vida es una gran comedia y nosotros los humanos grandes actores que jugamos roles diferentes cada día. Pongo aquí mis escritos para que juzguen, critiquen, alaben, odien o amen a mis personajes. Uds. sabrán que calificativo le darán.
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Aquí mostraré algunos de mis cuentos y /o por que no mis poesías.
Soy una aficcionada sin títulos habilitantes. Me gusta escribir y todas las ramas del arte. Sin cursos ni preparación. Solo ganas de que conozcan mis cuentitos


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INVOCACIÓN DESAFORTUNADA



                             

 

Los muertos acudían al llamado. Salían de sus tumbas cuando las sombras se espesaban en el aire. No decían palabras que no hubiéramos querido escuchar. Luego vagaban desorientados sin saber muy bien a donde dirigirse. El aullido desesperado de los perros los acompañaba en su desolación.

Había una quietud engañosa en la ciudad y en los campos. Una película gomosa extendía su manto sobre las casas y los hombres, los pájaros silenciaban su piar y las ramas de los árboles esperaban estáticas.

El cielo se tornó oscuro, tiñendo de noche el atardecer. Una línea violeta con una cresta blanca dividía el espacio entre cielo y tierra.

Todas mirábamos el fenómeno, silencioso, sin truenos o rayos que nos indicaran la inminente tormenta.

Alguien había dicho que al aire libre era mejor para la invocación. Aunque estábamos inquietas, seguimos sentadas en el pasto húmedo de la placita tomadas de las manos.

Enfrente se erguía imponente el viejo cementerio, con su paredón alto que no lograba ocultar las cúpulas de las bóvedas manchadas de verdín.

Ya habíamos acomodado los elementos para hacer efectivo el llamado, Pequeños carteles con preguntas, otros carteles con los nombres de los espíritus, y la copa de cristal.

Recitamos una especie de oración inventada por nosotras, cinco amigas de la infancia, inseparables. La oración decía así: -¡OH! Señor de las tinieblas, te llamamos a ti, que eres nuestro amo, para que hagas volver a nuestros muertos queridos, si estás allí mándanos una señal.

Ninguna de nosotras creíamos mucho en eso, pero nos divertíamos con ese tipo de situaciones, y esa invocación era una de tantas cosas graciosas en que ocupábamos nuestro tiempo de adolescentes.

Nos tomamos de las manos, cerramos los ojos un minuto, y un ruido nos hizo abrirlos, para nuestra sorpresa, la copa oscilaba en su lugar meciéndose de derecha a izquierda sobre el mantel que habíamos extendido en el pasto.

La tarde se opacaba cada vez más y el color morado del cielo era algo nunca visto por nosotras, un vientito suave se había levantado y la raya blanca del cielo se ensanchaba.

La copa dejó de oscilar y claramente todas la vimos avanzar cómo si tuviera rueditas hacía un nombre escrito. El abuelo de Marita que había fallecido antes de que ella naciera. Luego se detuvo en la pregunta que decía: -Ven a mí abuelito, quiero hablarte.

Ya ahí, habíamos entrado en pánico y quisimos soltarnos de las manos, no pudimos. Sentíamos que ardían y quemaban, por más que tironeamos no fue posible soltarnos. Yo pensé que el corazón escaparía de mi pecho y lancé un sollozo, las chicas también gritaron y lloraron.

Tres perros que estaban cerca del paredón del cementerio enloquecieron de pronto gruñendo aterrados y giraban dándose cabezazos entre ellos y con las fauces babeantes arrancaban pasto y tierra a la vez que aullaban en forma lastimera.

La copa también enloqueció y se detenía en las preguntas escritas por nosotras para los espíritus.

Las manos ardían, la oscuridad fue total, los perros aullaban, y una cosa blanca, algo que pareció un velo de seda, aleteó sobre nuestros rostros y desapareció dentro de la copa. Al instante un aguacero helado se derramó sobre las cabezas y un rayo desgarró la oscuridad con un estruendo apocalíptico.

No recuerdo como se separaron las manos y corrimos sin control, aterradas y llorando hacía el pueblo.

Traté de eliminar ese momento de mi juventud y casi diría que lo logré. Salvo algunos episodios inquietantes que nos han ocurrido a las cinco. Varios años después, nos dimos cuenta que cada vez que nos sacamos una foto las cinco amigas, sale en la foto un redondel más claro, a la altura de las cabezas, y con esto de la computadora, agrandando mucho las fotos, aparece una cara en el círculo. Cara con ojos diabólicos. La primera vez que descubrí eso, creí que era idea mía, pero todas vemos lo mismo. Cuando nos sacamos fotos con otras personas no aparece el círculo blanco.

Optamos por no sacarnos más fotos juntas o hacerlo con otras personas. También he tenido sueños recurrentes en los cuales algo o alguien tironea de mis brazos o piernas y me llama, yo lloro y me resisto, pero esa fuerza sigue arrastrándome, hasta que despierto. Un día comentando esto con mis amigas, se quedaron todas mirándome espantadas. A ellas les sucedía lo mismo.

Han pasado bastantes años y luego los sueños fueron mermando y como no nos sacamos más fotos juntas, eso también quedó en el olvido, hasta hoy.

No se porqué, esta mañana, cuando vi el cielo tan oscuro y escuché el silencio profundo  del campo tuve la impresión de que algo malo iba a pasar. Tuve miedo y mi corazón aceleró sus latidos y un nerviosismo agudo me invadió. Corrí a cerrar todas las ventanas y bajar las persianas de la casa. No quería ver la tormenta, ya suficiente era escucharla. El bramido del viento ululaba aterrador, el siseo de las ramas de los árboles acompañaba al ruido de los truenos,  la luz brillante de los rayos trataba de traspasar las persianas y el estruendo del agua se colaba por el hueco de la chimenea.

Incapaz de estar ciega allí encerrada, levante un poco la persiana y miré con horror como el pino inmenso del jardín con sus raíces al aire se inclinaba hacía la casa. Debí haber corrido, pero algo me mantenía clavada en el piso. Ya las ramas tocaban el alero mientras el desgajo de la tierra hacía un ruido ronco, cuando vi aquella aparición, era la misma de aquel entonces, una cosa blanca, parecida a una gasa o velo que flotaba en el aire,  se posó debajo de las ramas del pino y este curiosamente se inclino hacía el otro lado, cayendo con un estruendo de edificio derrumbado sobre la anchura del campo empapado de lluvia.

 

 

 

                                                           CAVALLERO Susana


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