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Susana María Cavallero
Monte - Argentina
Soy una mujer de 60 años, vividos al día de hoy 22 de mayo 2015. Me gusta escribir, leer, el café y el sol y el chocolate, el verde y el agua en mares, ríos, lagos y lagunas. Dibujo y pinto. Escribo historias, verdaderas? falsas? toda la vida es una gran comedia y nosotros los humanos grandes actores que jugamos roles diferentes cada día. Pongo aquí mis escritos para que juzguen, critiquen, alaben, odien o amen a mis personajes. Uds. sabrán que calificativo le darán.
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Aquí mostraré algunos de mis cuentos y /o por que no mis poesías.
Soy una aficcionada sin títulos habilitantes. Me gusta escribir y todas las ramas del arte. Sin cursos ni preparación. Solo ganas de que conozcan mis cuentitos


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OTRO DÍA MÁS



                                   

 

Llueva o haya sol, Invierno o verano, no hay diferencia de días a años.  Siempre igual. Ella está ahí.

Las personas más diversas pasan por ese lugar. Miran sin ver, hablan sin escuchar, siguen su camino sin percatarse de la mujer.  No les importa, ni siquiera se dan cuenta que tiene vida.  Y ella, sentada en su sitio tiene todo el tiempo del mundo de observar los distintos comportamientos de esos seres anónimos que caminan apurados en todas direcciones.

La mujer, mira e imagina, sueña con una vida diferente, un cuerpo diferente, pero el tiempo pasa y nada  cambia, no sabe ya cómo podría cambiar, en el fondo recóndito de su alma espera todavía el milagro que la salve de esto, pero los días y los años  se acumulan a su alrededor, ahogándola, y no se produce el milagro.

Tiene sólo lo inmediato, ha cerrado con llave la puerta de su pasado, si es que alguna vez tuvo un pasado, y se deja llevar por la inercia de un presente chato y conformista.

Su rostro luce áspero, sin afeites, natural en su rudeza, arrugas cómodamente instaladas le dan un aspecto agobiado, los ojos tristes y la mirada vacía dan la impresión de que no mira hacía ningún lado, está vuelta hacía el interior.

La boca cerrada se abre lo indispensable para articular monosílabos, un si, un no, un buen día, hasta luego, gracias, no hay...

Su cuerpo pesado y sin gracia hace gala de mínimos movimientos, alza un brazo, alcanza un objeto, lo baja, lo entrega, recibe algo a cambio, guarda, todo lo hace en forma mecánica, así día tras día, siempre hace lo mismo, hay poca variación...

Él, ya sabe lo suficiente. El pueblo duerme.  Guarda en una valija vieja todos los papeles, un tesoro que acomoda con cuidado para no arrugar los documentos.  Se despide sin expresarlo de todo lo conocido y toma el tren de la madrugada con destino a Buenos Aires.

La mujer se levanta muy temprano, se viste a oscuras, casi adivinando las ropas que se pone por miedo a despertar a su compañero. ¡Otro día más! Está tan cansada casi cómo cuando se acostó la noche pasada.  Barre el piso de la vivienda, deja ropa en agua para lavar, luego hierve acelga y prepara la mezcla para unos bocadillos para que su hombre los cocine al mediodía, él come solo, ella no regresa hasta la noche.

Luego sale para ir al trabajo, todos los días igual, el mismo banquito de madera, incómodo, las mismas ganas de ir al baño y aguantar, otra vez la hinchazón de las piernas. Otra vez pasar horas y horas esperando, sólo esperando que algo cambie... 

Se masajea desganada las caderas cada vez más anchas, la espalda carnosa y dolorida, saca del monedero un espejo chico y ve reflejado un rostro viejo, cada vez más arrugado con tajos hondos rodeando su labios, las mejillas caídas, la mirada que no reconoce.  Guarda el espejo con movimiento brusco, con rabia y aparta unas monedas, suspira hondo y sube al colectivo con lentitud. ¡Otro día más!

La ventanilla del tren está sucia y se ve poco para afuera, pero a él no le interesa mucho. Sus pensamientos vagan e imagina las distintas formas de lo que sucederá. No se hace muchas ilusiones, sabe que será difícil, pero tantos años de esfuerzos e investigaciones han dado sus frutos. Quiere explicaciones. Quiere recordar una mano meciendo su cuna, quiere que la ausencia no duela tanto. Necesita mirar esos ojos y preguntar...

A veces se quiere transformar en otra persona, realizar otras tareas más interesantes, pero luego se sienta en su banquito de madera y la envuelve la realidad, se siente abrazada por la mediocridad del espacio limitado de ese lugar y piensa que toda su vida es una equivocación.  Hace años que está paralizada, con la mente robotizada convertida en una línea horizontal que se diluye en el transcurso de las horas allí encerrada, presa de una cárcel de acero y vidrio.

Lo que no imagina es que sus movimientos le interesan a una persona. Hay un hombre que la vigila, acecha en las sombras del atardecer.  Pasa desapercibido, mimetizado con el paisaje urbano. Aunque parezca increíble él se ha fijado en esa mujer común, fea, vieja, le interesa saber de sus horarios, de sus actitudes y quiere todo lo que ella tiene, eso tan ínfimo y precario en que se ha convertido su existencia. Todo tiene que pertenecerle. Un día la descubrió, estaba paseando sin apuro pero abierto a una oportunidad, es un cazador nato que observa el entorno, hace una evaluación de las posibilidades que se le ofrecen y ya está, marca su presa y empieza la cacería.  Vigila y compara horarios y actitudes, todo es visual, los movimientos repetitivos.  No le interesa cómo persona, no se pregunta ni cuestiona el considerarla un ser con raciocinio, con sentimientos. Ve fragilidad, ve debilidad, la siente inferior cómo a una cosa que hay que descartar para conseguir sus fines. Ya es suya.

El tren ya entra en los tramos finales del recorrido,  casi está llegando a la estación, los pasajeros comienzan a recoger sus equipajes y el hombre, nervioso se incorpora en el asiento, ahora sí curioso para ver la gran ciudad que lo espera.

Ella en su monotonía no se da cuenta de nada, casi no piensa, caras y caras, siempre diferentes pero tan iguales de pasajeras, cuerpos distintos y ropas distintas cómo muñecos unos van y otros vienen, cruzan la esquina, se inmovilizan frente al semáforo, luego todos impulsados por una cuerda interior cruzan la calle, apurados.  Así día tras día, año tras año, ruido de bocina y frenadas, voces que se confunden en el tiempo, música...  Todo igual, cambian las modas y los cuerpos se desnudan en verano y se cubren en invierno pero son una masa oscilante sin rostros, brazos y piernas, paquetes, bolsos, niños, algún que otro perro, lenguas diferentes. Ciudad...

Ella sigue ahí, en su banquito cada día más callada.  No hay, gracias, hasta luego, buen día, sí, no...

Cuando la capa oscura de la noche abriga los edificios lejanos y se extiende hasta cerrar su cerco, la mujer mira el reloj barato que se hunde en su muñeca flácida y decide que es hora de marchar.

Él también decide terminar su día. Hoy es el momento ¡Ahora! ¡Ya termina la cacería.  La presa no lo sabe pero está atrapada.  Terminadas sus penas...

¡Otro día más!

En la esquina de Lavalle y Esmeralda han cortado el tránsito, cordón policial, ambulancia. Cámaras de televisión y gente ávida de protagonismo todos horrorizados y encantados, de pronto hay cantidad de personas que conocían a esta mujer.  Grandes demostraciones de pesar. Quieren mirar, estiran sus cuellos tratando de compartir el horror.

Flora, la mujer que atendió el kiosco de diarios y revistas en esa esquina durante treinta años fue encontrada asesinada. Su tosco y gastado cuerpo yace cubierto de sangre negra y coagulada sobre su banquito de madera.  Los cuatro estrechos cerramientos de metal y vidrio son mudos testigos de la barbarie e injusticia. Él la mató. Atrapo su presa a cuchilladas para sacarle la exigua recaudación del día.

El tren se detiene con un estertor. El hombre baja temeroso al ver la marea de gente que pulula en la gran Terminal. Llegó. Saca de un bolsillo un papel ajado de tanto leerlo. Lavalle y Esmeralda es el lugar donde encontrará a la persona que buscó toda su vida...

Y no sabe que acaba de perderla otra vez...

 

                                                                      CAVALLERO Susana


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